Como en toda actividad económica y en particular en la producción agropecuaria, el cultivo de truchas en lagunas tiene riesgos. En distintas situaciones y circunstancias es posible que se produzcan pérdidas totales o parciales de las truchas en cultivo o que sencillamente el proyecto sea inviable.
Los riesgos en sí mismos no son tan peligrosos para el productor, como no saber de su existencia, ni establecer estrategias para prevenirlos o controlar su impacto en la explotación. Cuantificar sus efectos, de máxima y mínima, es otro de los aspectos a identificar de los riesgos.
Una laguna situada en una zona inundable, con un promedio histórico de una inundación cada cinco años, indica probables pérdidas totales en por lo menos dos oportunidades en los próximos diez años. Siendo consientes de esta situación se podrá estimar cuan rentable es la actividad, perdiendo una, dos o tres cosechas cada diez años. A su vez y al conocer este riego, será posible minimizar las pérdidas reformulando, por ejemplo, la estrategia de extracción, cosechando la mayor cantidad de ejemplares antes de cada período crítico.
Identificar y evaluar los riesgos potenciales es fundamental por lo cual, en este Capítulo, se enumeran algunos de los riegos más comunes que pueden producir pérdidas totales o parciales, o aún la inviabilidad del proyecto. A su vez se mencionan soluciones orientativas.
La piscicultura ha sido definida como el “termómetro ecológico de las aguas dulces” en la 5ta. Conferencia Internacional de Acuicultura. Un “honor ecológico” que sintetiza un principio esencial de la actividad: para producir peces (y sobre todo truchas) se requieren aguas "limpias". Esta “sensibilidad” a la contaminación de las aguas hace que sean los piscicultores los primeros en detectar muchas de las alteraciones que se producen en una cuenca y los primeros interesados en remediar la situación.
La contaminación química de una laguna normalmente tiene su origen en pesticidas que llegan por aviones fumigadores, lavado de mochilas de fumigación en el cuerpo de agua o afluentes, o por arrastre por lluvias. En zonas ganaderas, se llegan a verter a los ambientes las soluciones de distintos baños (ejemplo, antisárnicos) preparados para el ganado. El ingreso de fertilizantes también debe ser tenido en cuenta.
De existir cercanía con zonas pobladas o industriales, aumenta el riesgo de una contaminación ocasional (ejemplo, derrame de combustible) que son mucho mas difíciles de manejar que los emisores constantes de contaminación, dado el factor “sorpresa”. Los detergentes suelen ser particularmente peligrosos.
Los contaminantes orgánicos pueden tener su origen en actividades muy puntuales como un matadero (vertido de sangre) y normalmente este tipo de desechos son más manejables y previsibles que los químicos (de menor volumen y visibilidad en la mayoría de los casos).
Los daños que provoca la introducción de cualquier perturbador del ambiente, tanto químico, orgánico o físico, dependerá naturalmente de la superficie de la laguna y de sus características.
En cuanto a alteraciones físicas puede mencionarse la contaminación térmica, como la producida al liberar aguas a mayor o menor temperatura que la del ambiente, por ejemplo procedentes de sistemas de refrigeración de máquinas. Su efecto sobre el medio ambiente acuático es algo complejo, el productor debe ver estas situaciones como indeseables.
Como regla general se debe evitar todo aporte externo no natural y si no se puede evitar, buscar formas para mejorar la situación (piletas de decantación, filtros de piedra, desvíos de cursos de agua, etc.). Frente a una mortalidad de peces o sospechas de contaminación, deben ser tomadas muestras de agua (y peces muertos) para su análisis en el menor tiempo posible.
El peligro potencial de pérdidas por robo, habitualmente no resulta ser grave. Extraer un volumen significativo de peces de un ambiente lagunar requiere un cierto conocimiento y de un equipo mínimo, como ser una red de arrastre o de enmalle. Métodos más sencillos de pesca permiten la extracción de cantidades muy reducidas. Muchas veces los efectos del vandalismo, que procura el daño premeditado, suelen ser más serios.
En aquellos ambientes en que el robo es un peligro permanente convendrá estructurar la producción de tal forma que las tallas de cosecha sean las del menor tamaño aceptado por el mercado (ejemplo, 250 gramos). De esta forma se concentra la cosecha en una temporada de no más de dos a tres meses (siembra de ejemplares concentrada). Como resultado, los peces no tendrán valor comercial durante 9 o 10 meses al año, con lo cual el riesgo existe durante los meses de cosecha, momento en que es más fácil cuidar el ambiente, ya que al estar cosechando, continuamente se recorre la laguna.
Puede ocurrir que el robo no tenga como destino la venta de las truchas, sino la alimentación, donde no se discrimina por tallas. En este caso nos encontramos frente a un problema social que supera el campo de la piscicultura y de solución compleja, en especial en regiones donde hay conocimiento sobre el manejo de las artes de pesca.
En general el robo que produce mayor perjuicio económico en las pisciculturas es el que tiene lugar luego de la extracción y/o durante alguna de las etapas posteriores de faena, estoqueo o distribución.
La posible existencia de inundaciones resulta peligrosa por la fuga de los peces. No lo es cuando el ambiente aumenta su superficie, pero se mantiene en una cuenca cerrada que no permite escapes. Las nuevas zonas bajo agua pueden introducir al ambiente sustancias que lo alteren (por ejemplo, contaminantes), siendo este otro posible impacto negativo resultante de inundaciones.
Las sequías son peligrosas pues reducen el volumen de agua por debajo de los niveles que el productor normalmente utiliza. Si se trabaja con un ambiente que admite 5.000 kilos de trucha y el número de ejemplares y su tamaño están en esa capacidad de carga, una reducción del veinte por ciento del volumen de agua nos coloca en una situación de riesgo y frente a la necesidad de restar biomasa (sacar peces, reduciendo la densidad).
De todos los riesgos posibles, el mal manejo del ambiente es uno de los más peligrosos. La producción de truchas requiere de POCAS, pero precisas tareas (evaluación, mejoras, siembra, cosecha, resiembra) las que solamente pueden ser hechas de una forma: bien.
A modo de ejemplo de cómo se puede deteriorar un excelente ambiente, en forma casi irreparable, puede mencionarse el caso de la introducción del pejerrey, Patagonia hatcheri, en la Laguna Ñeluan (Provincia de Río Negro, Argentina). El pejerrey, teóricamente, según los estudios de investigadores de la Universidad Nacional del Comahue, iba a servir en la laguna de especie forrajera para las truchas (es decir, éstas los iban a comer). Realizada la introducción por parte de la Dirección de Pesca de la Provincia de Río Negro, la población de truchas llegó casi a su extinción. El pejerrey no sólo no fué forraje, puesto a competir por el mismo alimento con los salmónidos, logró desplazarlos. La actual población de pejerreyes es de talla muy reducida, por lo que tiene un bajo interés deportivo y comercial, mientras que las truchas casi se extinguieron.
Otro caso de mal manejo se suele dar cuando el productor, en su afán por tener "bien sembrado" el ambiente, compra y suelta semilla en cada oportunidad que se le presenta, llegando al cabo de un par de años a un descontrol absoluto, sin saber qué tallas tendrá para extraer y cuál será el volumen de cada una.
También el mal manejo resulta de incorporar prácticas útiles propias de sistemas productivos distintos. Un cerco de burbuja puede ser muy eficiente en otros ambientes con salmónidos, pero instalado en una laguna de poca profundidad y con un lecho cargado de materia orgánica, es capaz de provocar la remoción del fondo que alterará el equilibrio del ambiente.
La producción de truchas en lagunas es demasiado reciente como para poder establecer enfermedades específicas de este tipo de producción. Al tratar el tema de la semilla (Capítulo 7) se abordó el problema de las enfermedades, recomendándose mantener un esquema permanente de prevención, basado en aislar el ambiente a fin de no recepcionar patologías propias de la cría intensiva.
Tampoco hay suficiente experiencia acumulada para saber cuales de las enfermedades propias del cultivo intensivo son potencialmente peligrosas para una producción extensiva (las nutricionales se descartan y las vinculadas con la densidad también). Los problemas previsibles son aquellos propios de los salmónidos salvajes o los de otros peces en esta condición (por ejemplo parásitos internos o externos).
El riesgo a enfermedades disminuye con la prevención, en cuanto al manejo de la semilla y al uso de equipos procedentes de otros ambientes acuáticos. Los equipos y materiales deben desinfectarse rociándolos o sumergiéndolos en sustancias de uso frecuente en piscicultura. Por ser sencilla su obtención, hemos de mencionar a la Formalina (la formalina comercial se obtiene en farmacias o droguerías con una concentración del 35 - 40 % y se diluye en agua al 3 o 4 %). Este producto no puede usarse en espacios cerrados pues sus vapores afectan las mucosas (ojos y vías respiratorias). También con el tiempo afecta a las aleaciones de hierro, plásticos y gomas, por lo cual su uso debe limitarse a los materiales que ingresan a la piscicultura o a una desinfección anual del equipamiento (bote, redes, cajones, mesadas, botas, etc.).
Políticos,
funcionarios e investigadores
En algunos países latinoamericanos la actividad del productor podrá ser entorpecida o impedida por distintos agentes sociales que por motivos muy diferentes se convierten en un riesgo para la explotación.
En este sentido, el productor deberá tener en cuenta que pocas personas (en Latinoamérica) continúan siendo funcionarios públicos cuando tienen la capacidad técnica como para que un ambiente acuático rinda cuarenta mil, o cien mil dólares año. De donde los funcionarios que ofrecen asistencia técnica al productor en este tema o son muy buenas personas o usan su cargo para “conseguir clientes” o no saben. Estos últimos son los de mayor riesgo, los primeros normalmente no serán capaces de resolver los aspectos comerciales y con los segundos se debe tener cuidado.
En cuanto a los políticos, el tema de la explotación de las lagunas tiene el atractivo de ser una alternativa de producción rentable en áreas urgidas por la necesidad de reconvertirse. Las acciones posibles de encarar en apoyo de esta actividad que pueden resultar contraproducentes son lo suficientemente numerosas como para que evitemos enumerarlas. Cada productor sabe en qué medida representan un riesgo para su actividad los políticos y sus intereses.
En cuanto a los investigadores, los peligrosos para la producción son aquellos que frente a un problema o a una consulta piden de seis meses a tres años para estudiar la cuestión, luego de los cuales habrán encontrado un número suficiente de interrogantes como para que su trabajo se perpetúe en el tiempo hasta el infinito. Si iniciar la actividad o continuarla depende de la respuesta de un investigador, la situación es más que complicada. A nuestros investigadores se les pueden pedir preguntas, no respuestas.